La sociedad de riesgo

Jos Demon, Red ETC, OCLACC

 

El actual mundo está cada vez más interconectado de tal forma que un evento en un parte del mundo repercuta inevitablemente en otros apartados de nuestro globo.

La crisis financiera es un ejemplo de la repercusión que pueden obtener decisiones en un pequeño apartado del mundo, en este caso, el apartado empresarial y financiero, para el planeta entera. Un reciente documento de Justicia y Paz subraya que los mercados offshore “han sido un nudo importante, tanto en la transmisión de la actual crisis financiera, como en haber mantenido una trama de prácticas económicas y financieras alocadas: fugas de capitales de proporciones gigantescas, flujos ‘legales’ motivados por objetivos de evasión fiscal… y reciclaje de los procedentes de actividades ilegales. Los procesos de globalización, dice el documento, “cambiaron el tipo de composición de la tasación y contribuyeron a una depravada traslación de la tasación del capital a la tasación del trabajo”. Esto quiere decir que se ha erosionada la detracción fiscal sobre las actividades empresariales más grandes y más móviles en el campo internacional que fácilmente pueden recurrir a los centros “offshore”, cuando se tasan en cambio mayormente los factores productivos menos “móviles” que difícilmente pueden escapar al gravamen fiscal, es decir, a los trabajadores y las pequeñas empresas.

La crisis financiera no se puede separar de las otras crisis que afectan a nuestro mundo como son la alimentaria, la energética y la ambiental. La pobreza, el agotamiento de los recursos naturales y de los recursos energéticos, el calentamiento global, la devastación de la naturaleza, la desaparición acelerada de los especies tanto de fauna como de flora, sobre todo en los países del Tercer Mundo, son características de lo que el científico social Ulrich Beck ya calificó como una nueva ‘sociedad de riesgos’. Los norteamericanos consuman cuatro veces más de los recursos naturales de lo que les corresponde, los holandeses dos veces más, lo que es una flagrante injusticia en un mundo donde otras poblaciones ni alcanzan la décima parte de lo que se les debe adjudicar.

En los últimos años las grandes empresas alimenticias del mundo privilegiaron el cultivo en gran escala de productos como la soya y la caña para sustituir como hidrocarburo al petróleo, cuyo costo se despegó vertiginosamente estos últimos años. Por lo que a primera vista aparece como un sencillo e inocente cambio de estrategias de cultivo, se elevaron los precios de los alimentos básicos como arroz, harina, aceites, etcétera, un aumento que hizo crecer la cantidad de hambrientos de 848 a 963 millones de personas (una cifra que ya subió a un billón; JD). La Organización de la ONU de Alimentos y Agricultura (FAO por sus siglos en inglés: comp.: http://www.rlc.fao.org/es/politicas/panorama.htm) ya anunció que tan solo en estos dos años se le perdió toda la ganancia tan arduamente conseguida en la situación de los más necesitados de las dos últimas décadas.

La India y la China fueron los únicos países, mejor dicho: continentes, que crecieron, China hasta 10 % al año, en estas últimas tres décadas y que necesitarán una inmensa cantidad de recursos naturales, de minerales y de hidrocarburos para sostener y desarrollar a sus incipientes y dinámicas industrias. China ya inició compras de extensos terrenos y de importantes empresas de explotación de petróleo y minerales en África y en América Latina para abastecer a su galopante industria, pero sin ningún respeto ni por las poblaciones pobres ni por el medio ambiente de las regiones en que operan.

Estos sencillos ejemplos ya indican cuán interdependientes somos en los comienzos de este nuevo milenio. Una decisión o unos hechos en un parte del mundo, en Asia por ejemplo, trae consecuencias inmediatas para otros continentes como Europa, América o África. La legislación nacional ya no es eficaz para controlar a empresas multinacionales y a las extensas redes internacionales de inversionistas y bancos que nos llevaron a la crisis alimentaria y financiera. Los estados necesitan de un profundo cambio en sus orientaciones si quieren responder a los grandes actores que determinan el bienestar de nuestro planeta. Hasta el momento han avanzado muy poco con relación al tipo de legislación y control internacional que necesitamos. Los estados no estarán motivados si no existiera una sociedad civil, una fuerte opinión pública, a la vez nacional y mundial, que les exige actuar a nivel de los abusos internacionales. Para contrarrestar al poderoso imperio del lucro y del beneficio personal y sus esquemas se necesita una alianza de personas e instituciones de buena voluntad, a su vez sencillas como las palomas y astutas como las serpientes.

Ya existen iniciativas prometedoras de esta alianza internacional que se propone cuidar al hombre y al medio ambiente. El público crítico occidental y el público crítico mundial en general son cada vez más informadas y críticos de las conductas antiéticas de las empresas. Y las mismas empresas andan muy preocupadas de su reputación y renombre. En aquel control ético apoyan organizaciones especializadas que se preocupan de la calidad del medio ambiente, como el Fondo Mundial de Naturaleza o la Greenpeace, y las que se preocupan del desarrollo de los países y de las poblaciones pobres, o veedurías que se dedican a controlar la calidad de la información de las empresas comerciales que dominan al espectro de la comunicación. Lo que si hace falta es una mayor coordinación y una mejor cooperación entre la sociedad civil de los países ricos y aquel de los países pobres, porque existen todavía grandes diferencias y malentendidos entre las dos partes que deben integrar esta alianza por el bien.

Estos acontecimientos delinean por su parte los desafíos de nuestros comunicadores. Ya no podemos contentarnos con una comunicación latinoamericana. Nuestros comunicadores tendrán que estar en permanente contacto con otros comunicadores comprometidos en Norte América, Europa, Asia y África, para poder informar a nuestras poblaciones. Los avances de la comunicación crítica en América Latina nos imponen otras obligaciones hacia las poblaciones pobres en Asia en África con que compartamos un sinnúmero de problemas. Cuando sabemos, como indica el filósofo Jesús Conill, “que toda África no tiene una agencia de información propia, que toda la información se la hacen otros…ya sabemos qué pasa. … ¿Eso es libertad? ¿Eso es justicia del orden mediático?” Hasta ahí tiene que llegar la función pública de la ética de la comunicación propone Conill. Y hasta ahí tiene que llegar nuestra solidaridad.

Vea:

Reflexiones alrededor de las crisis

Justicia y Paz: Un nuevo pacto para refundar el sistema financiero internacional

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