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La pedagogía del encuentro: desde la exclusión a la inclusión

La  pedagogía  del  encuentro: desde la exclusión a  la inclusión; pedagogía de la solidaridad. 

+ Juan Luis Ysern de Arce,

Obispo Emérito de Ancud

Presidente de Caritas Chile.

Concepción, 31 Agosto de 2007

aparecida, 112 

Mirada General 

Al comenzar considero necesario hacer dos aclaraciones para el mejor entendimiento de lo que vamos a exponer. Una es sobre la “pedagogía” y otra sobre el “encuentro”. 

Al hablar aquí de “pedagogía” nos estamos refiriendo a la actitud que debemos mantener para ser permanentemente estímulo para que los demás puedan descubrir y desarrollar las cualidades y dones que tienen en orden al pleno e integral crecimiento como personas.  

Por “encuentro” estamos entendiendo la comunión como tarea y proceso permanente cuyo nivel y estado último lo alcanzaremos y viviremos en el Cielo, en la plena comunión con Dios y con los hermanos y cuya dimensión humana es tarea de toda persona. 

Pedagogía 

Introduciéndonos un poco más en el tema de la pedagogía como actitud estimuladora y el encuentro como proceso de comunión podemos darnos cuenta de que la persona que practica esta pedagogía es la persona que es libre de verdad y, por ello mismo, es también liberadora. Por otra parte, nos damos cuenta de que el encuentro de personas como comunión está significando un proceso de verdadera comunicación con todo lo que esto conlleva de entrega personal y de acogida al otro, a los demás. 

La persona libre es la que ha roto las cadenas que la esclavizan y que no dejan de hacer el bien que hay que hacer. No es persona libre la que se deja conducir por el egoísmo. Este es un punto en el que se debe poner especial atención ya que, en el ambiente dominante de nuestros días, se coloca el fundamento de la libertad en el “yo” y no en el “nosotros”, lo que genera una muy grave distorsión del sentido mismo de la libertad puesto que el sentido de la libertad es la comunión y no la soledad a la que llega quien, centrado en su “yo”, no sabe querer a nadie y nadie lo quiere a él. Es en el “encuentro”, en la convivencia armónica y fraterna, donde cada uno puede realizarse como persona. 

El auténtico pedagogo, la persona libre que vive la libertad fundamentada sobre el “nosotros”, da vida a la realidad relacional de la persona humana ya que la persona no está hecha para la soledad sino que está hecha a imagen de Dios que es comunión.  

La persona libre, al mismo tiempo que se hace entrega para el otro, se hace también acogida del otro con lo que se convierte en estímulo liberador del otro. La persona libre que sabe vivir su identidad personal se convierte en invitación para que la otra persona rompa sus cadenas y entregue lo que es propio de ella según su diversidad con relación a la primera. 

Al abordar ahora “nuestra pedagogía en el camino del encuentro, desde la exclusión  a la inclusión”,  lo que buscamos es hacer real la convivencia fraterna y solidaria, para lo cual tendremos que hacer real nuestra respuesta cada día más clara a varias necesidades, tales como:  

1.      Necesidad de aprender a escuchar

2.      Necesidad de aprender a ponerse en el lugar del otro

3.      Necesidad de aprender a descubrir a los que no tienen voz

4.      Necesidad de aprender a estimular el protagonismo de cada persona

5.      Necesidad de aprender a descubrir lo que hay de positivo en la realidad

6.      Necesidad de aprender a descubrir las causas de la marginación y promover su eliminación.

7.      Necesidad de aprender a caminar con creatividad 

Lo dicho ya nos hace ver la íntima relación entre la pedagogía y el encuentro. Hemos visto la pedagogía como el proceso de la libertad que se  fundamenta sobre el “nosotros”. Pero esto mismo no es otra cosa que un proceso de comunicación como camino para la comunión. Identidad, alteridad, comunidad adquieren su pleno sentido. El encuentro de la identidad de cada persona con la alteridad de la otra produce la comunidad. 

Cuando hablamos de “comunidad” en la que se vive el “encuentro de la comunión” es evidente que se ha de entender según diversos niveles o tipos de comunidad. Comunidad matrimonial, familiar, educacional, laboral, vecinal, ciudadana, universal (familia humana). Cada una tiene sus características, pero en todas debe hacerse real la comunicación, de alguna forma, como camino del encuentro. Los creyentes sabemos que esto es posible y que en cada una de esas comunidades debemos vivir y reflejar la comunión eucarística que ya nos hace saborear la comunión escatológica que esperamos. 

Si tenemos en cuenta lo que venimos diciendo podemos entender con facilidad el sentido de la “exclusión” y de la “inclusión”. 

En la medida que nos dejamos arrastrar por el egoísmo, buscando nuestros propios intereses, nuestro placer, nuestra ambición, etc., nos olvidamos de los demás. Cada uno va por su lado, se produce la dispersión. Por este camino los que sacarán más provecho serán los poderosos. Aunque los bienes que Dios ha hecho para que podamos vivir son de todos, no obstante son los poderosos quienes se apoderan de ellos, quedando otros muchos debajo de la mesa de la vida, que no son tomados en cuenta para nada. Estos son los excluidos. 

Los Obispos reunidos en Aparecida señalan rostros concretos de excluidos de la convivencia marcada por la globalización del mercado. Nos dicen así:

La globalización hace emerger en nuestros pueblos, nuevos rostros de pobres. Con especial atención y en continuidad con las Conferencias Generales anteriores, fijamos nuestra mirada en los rostros de los nuevos excluidos: los migrantes, las víctimas de la violencia, desplazados y refugiados, víctimas del tráfico de personas y secuestros, desaparecidos, enfermos de HIV y de enfermedades endémicas, tóxicodependientes, adultos mayores, niños y niñas que son víctimas de la prostitución, pornografía y violencia o del trabajo infantil, mujeres maltratadas, víctimas de la violencia, de la exclusión y del tráfico para la explotación sexual, personas con capacidades diferentes, grandes grupos de desempleados/as, los excluidos por el analfabetismo tecnológico, las personas que viven en la calle de las grandes urbes, los indígenas y afro-descendientes, campesinos sin tierra y los mineros. La Iglesia con su Pastoral Social debe dar acogida y acompañar a estas personas excluidas en los ámbitos que correspondan” (A. 402).

Los mismos Obispos nos recuerdan e insisten en la inseparable relación de Cristo con los pobres y nos explican el profundo alcance de la opción preferencial por los pobres. Nos dicen: “Si esta opción está implícita en la fe cristológica, los cristianos como discípulos y misioneros estamos llamados a contemplar en los rostros sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos:

‘Los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo’ (SD 178). Ellos interpelan el núcleo del obrar de
la Iglesia, de la pastoral y de nuestras actitudes cristianas. Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo: ‘Cuanto lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40). Juan Pablo II destacó que este texto bíblico ‘ilumina el misterio de Cristo’ (NMI 49). Porque en Cristo el Grande se hizo pequeño, el Fuerte se hizo frágil, el Rico se hizo pobre” (A. 393).

Los creyentes tenemos a Cristo como centro de nuestra vida y lo hacemos celebración en la Eucaristía.  Si tenemos presente lo que nos dice Aparecida, no podemos entender nuestra comunión con Cristo si no se vive junto con el permanente proceso de inclusión de los excluidos, para construir entre todos la convivencia fraterna de los hijos de Dios.Esta labor de inclusión es también un deber para toda persona humana por el mismo hecho de ser persona cuya dignidad y dimensión relacional es reconocida en la Declaración Universal de los Derechos Humanos cuyo artículo 1° nos dice: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Así, la norma para la convivencia es la solidaridad que, como nos decía el Papa Juan Pablo II, “no es un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario es la es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos”. (SRS n. 38).  

Al entender como hemos dicho la pedagogía y la solidaridad, ya podemos hacer varias consideraciones que no sólo nunca deberíamos perder de vista sino que debemos vivir continuamente y en forma creciente.

Todos tenemos que ser pedagogos en el sentido de que cada uno tiene que ser estimulador para el otro, de modo que el otro pueda actuar como sujeto libre protagonista de su propio crecimiento como persona que sólo puede tener lugar en la entrega que construye la convivencia con los demás.  

Por lo tanto, esta pedagogía no es algo que ya se sabe y se domina, sino algo que siempre se está adquiriendo. Puede ser que un niño u otra persona que es considerada como ignorante sea para mí un estímulo que me haga desarrollar mis cualidades mucho más que un académico. 

Quien convierte esta pedagogía en vida no esclaviza ni aplasta a nadie y a su vez él se hace cada vez más libre y liberador, como ya hemos dicho. Quien mantenga esta actitud se encontrará con muchos a quienes ayude a descubrir cualidades que él no tiene y experimentará que él, “el maestro”, tiene que aprender a reconocer que, en esa cualidad, el otro es “más que él” y que no debe aparentar tener lo que no tiene. Desde su “alteridad” con respecto a esa persona tiene que mantenerse como estímulo para que esa persona desarrolle su “identidad”.

Solamente así se podrá realizar el encuentro auténtico, verdaderamente humano. Si tenemos en cuenta que cada persona es única e irrepetible, nos daremos cuenta de que todos tenemos que ser pedagogos y aprendices al mismo tiempo dentro de la construcción de una convivencia armónica y fraterna que no deja a nadie debajo de la mesa de la convivencia…

aparecida, 78

Sigue:

Método “ver, juzgar y actuar”

1.- VER

Metáfora del Observatorio 

2.- JUZGAR 

Metáfora del Amanecer 

3.- ACTUAR 

Metáfora del Parto 

En  conclusión

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La Pedagogia del Encuentro: desde la exclusión a la inclusión

Este artículo es parte de los documentos publicados alrededor:

El Taller Comunicación, Evangelización y Discipulado del IIIer COMLAC

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