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Mirar hacia adelante

Mirar hacia adelante: llamada a construir en el amor
Ann Mary Lynch, Pddm*

Mujeres En la Iglesia por años la mujer ha sido colaboración silenciosa, paciente y lamentablemente desvalorizada. Esto, no disminuye en nada su riqueza, ni su aporte, y aunque se diga que no es tan evidente la importancia de la presencia femenina y su espacio dentro de la Iglesia, esto no es tan cierto. Asegurar esto sería como decir que Cristo no murió por todos, solo porque algunos no creen en Él.

Tiempo atrás, la mujer debió salir a las calles, reclamar igualdad, derecho a voto, etc. Pero ahora, con dificultades, con corazones aún duros, la mujer sí está más presente, sí está despertando más polémica, sí está ocupando espacios que antes no tenía y sí está siendo, aunque aún no sea suficiente, más valorada por el varón. Aunque algunos/as no vean esta clara evidencia, la realidad se abre paso poco a poco, lentamente si se quiere, pero se abre paso. Acaso ¿No es la mujer de hoy la que sin puestos de poder da impulso a la Iglesia? Basta mirar un poco y preguntarse ¿Quiénes son en su mayoría las que van a Misa, a los diferentes movimientos eclesiales? ¿Quiénes han sostenido y sostienen el apostolado presbiteral con su oración, su asistencia, su cercanía materna? Y más, en seminarios, parroquias, casas religiosas masculinas ¿Quiénes hacen más, las veces de madre, hermana, secretaria, sacristana, etc.? A todo nivel, las mujeres.

Hasta ahora, muchas de nosotras hemos querido menoscabar nuestro propio rol, por verlo apocado y silencioso detrás de un lavaplatos. La verdad, es que en el espacio en que se mueva la mujer; sea detrás de un escritorio, escribiendo en un diario o lavando platos, somos las que damos impulso a la vida. Esto, no significa que no debamos acceder a otros espacios, que no seamos iguales en cuanto a la profundidad de nuestro ser, como criaturas hechas a imagen y semejanza de Dios, sino que en esa igualdad, se encuentra también la diferencia. Diferencia bendita y querida por Dios, porque gracias a ella podemos dar lo que los varones no pueden, y ellos aportar desde su dimensión masculina. Claro está, falta que ellos asuman esta capacidad de la mujer de dar y proteger la vida, de aguda intuición, acogida, contención y escucha; y falta que nosotras mismas nos valoremos desde nuestra propia corporalidad, desde nuestra identidad que es capaz de hacerse con mayor facilidad a la diversidad y a los múltiples cambios de la historia.
Estamos acostumbradas a exigir igualdad y espacio, desechando nuestra riqueza más pura, hasta tomar posturas masculinas para hacernos valer.

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