Asociación Católica Latinoamericana y Caribeña de Comunicación

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El puerto de la esperanza

Le HavreLe Havre: El puerto de la esperanza de Aki Kaurismäki (Finlandia-Francia-Alemania, 2011, 93 min.). Marcel Marx (André Wilms, estupendo) es un escritor retirado que trabaja como bolero en Le Havre, puerto francés que da nombre a esta película. Vive de una manera sencilla y despreocupada en compañía de su esposa Arletty (Kati Outinen) y su perrita Laika. Idrissa (Blondin Miguel) es un niño africano indocumentado que escapa de una redada. Marcel ve y se compadece de este chico que se ha quedado solo en el puerto y es perseguido por la policía para deportarlo. La mirada de Idrissa, la necesidad del otro, viene a trastocar la vida apacible de este hombre que se mueve entre el trabajo, el bar y la casa. Marcel busca en las calles al chico, le da de comer, lo lleva a su casa y piensa en alguna manera de que pueda llegar a Londres: ciudad en la que vive la madre de Idrissa.

 Con un buen ritmo, con encuadres de una singular belleza, con un banda sonora que va desde la banda de rock Little Pop hasta un tango de Gardel, Kaurismäki nos introduce en los barrios marginales de Le Havre. Como lo ha hecho en sus otras películas como La vida de bohemia (1991), Un hombre sin pasado (2001), este reconocido director finlandés nos presenta personajes muy humanos, entrañables, con los que pronto nos identificamos; personajes que viven al día, que están en las fronteras (físicas y existenciales), que buscan una salida a su situación. Sus historias -como esta de El puerto de la esperanza- son realistas, dramáticas, demoledoras; pero a la vez poéticas, tiernas, optimistas y esperanzadoras.

 En la línea del cine espiritual de Robert Bresson (Diario de un cura rural, 1950) o Carl T. Dreyer (La pasión de Juana de Arco, 1928) cargado de gestos, miradas y sonidos; con claras referencias al cine de Charles Chaplin con su sensibilidad social y comicidad; Kaurismäki en El puerto de la esperanza explora y comunica lo más noble del ser humano y termina creando una estupenda parábola sobre la misericordia y la esperanza. Cuando vemos a Marcel lustrando zapatos, cuidando y protegiendo a Idrissa, cómo no pensar en Charles Chaplin y su personaje Charlot: ese noble y simpático vagabundo que en la película El chico (1921) rescata a un niño abandonado y lo cuida con tanto amor y ternura hasta que encuentra a su madre.

 Marcel -como Charlot- es un hombre sensible, simpático, creativo, que sabe vivir y compartir la vida. Con lo poco que gana puede comprar un par de botellas de vino y regalar unas flores a su mujer. Y también, como ya lo hemos dicho, de acoger al chico africano en su casa. Son realmente ingeniosas -llenas de bondad, esperanza y buen humor- las acciones que hace Marcel y después la comunidad -el frutero, el panadero, la camarera- para proteger, cuidar, alimentar al chico que ha llegado a su barrio. Acciones que nos recuerdan la parábola de El buen samaritano (cfr. Lc 10, 25-37). Sabemos la historia: Un hombre es asaltado, golpeado y tirado al borde del camino. Un sacerdote y un levita pasan de largo; pero un samaritano -un hombre despreciado por los judíos- es el que pone el ejemplo de la compasión y la misericordia. Recordemos las acciones de este buen hombre con el necesitado: se acercó, lo curó con aceite y vino, vendó sus heridas, lo montó en su cabalgadura, lo llevo a una posada y cuidó de él.

 El puerto de la esperanza es una buena película que nos puede ayudar a reflexionar sobre el drama de la migración desde una mirada misericordiosa y desde una perspectiva esperanzadora. Rescatemos algunos números de esta Bula Misericordiae Vultus, El rostro de la misericordia del Papa Francisco que nos hablan precisamente de la importancia de la mirada, de la bondad y la ternura: “Hay momentos en los que de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre” (no. 3); “¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia, para poder ir al encuentro de cada persona, llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros” (no. 5); “La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia ‘vive un deseo inagotable de brindar misericordia’. Tal vez por mucho tiempo nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia” (no. 10). Déjemonos tocar por esta historia de ficción para salir al mundo con una nueva mirada y un corazón dispuesto a vivir con esperanza.

Sergio Guzmán, S.J.

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