Entrevista con Jorge Prelorán, creador de etno-biografías

Dar voz a los que no la tienen

“En lugar de leer lo que los otros han pensado, escogí viajar mucho y hacer de mis experiencias la base de mi filosofía.”

Jorge Prelorán en una de sus visitas a Argentina. Foto cortesía de Jorge Luis Serrano

El 28 de marzo falleció el notorio documentalista latinoamericana Jorge Prelorán, cuyos documentales se hicieron notorios por su capacidad de adentrarse de lo humano y de lo cultural. Publicamos una anterior entrevista con Jorge Prelorán en que nos cuenta del sentido y del método de su trabajo, entrevista que fue publicada por la Revista de Cine Ocho y Medio, en Quito, nº 93, mayo 2009.

 Entrevista realizada por el profesor etíope Teshome Gabriel (Universidad de California) a Jorge Prelorán, cortesía de la Revista de Antropología Visual de Santiago de Chile.

Uno de los héroes del documentalismo latinoamericano, el argentino Jorge Prelorán, falleció el pasado mes en California. Su trabajo permanente fuera de toda estructura económica sustentable , su especialización en el documental antropológico, y sus profundos conocimientos del folklore argentino y latino -americano , lo impulsaron a llevar a cabo, en la década del 60, un exhaustivo releva -miento cultural de su país, cuyo protagonista fue el hombre argentino del interior profundo, a quien le dotó de gran humanidad.

Director, camarógrafo, sonidista y compaginador de casi todas las películas que realizó, Prelorán llegó a rodar más de medio centenar de filmes, la mayoría documentales de cortometraje. En 1981, fue candidato al Oscar por su largo documental Luther Metke at 94, sobre un leñador estadounidense que a esa edad continuaba trabajando como si fuera el primer día. Cineasta solitario, acostumbrado a valerse por sí mismo, los protagonistas de Prelorán también fueron, en general, hombres solos, en contacto con el trabajo manual y la naturaleza. Prelorán tuvo, además, una vinculación con Ecuador. En 1983 filmó aquí su única ficción, Mi tía Nora, dando un empuje esencial al cine del Ecuador de esos momentos.

¿Usted siempre ha documentado temas sociales?

Muchos cineastas etnográficos han documentado lo que llaman “culturas moribundas”, no tanto por el respeto que le tienen a ellas, sino por el hecho de ser realidades que al ir desapareciendo rápidamente deben ser documentadas como rarezas. Mi propia experiencia sufrió una transformación. Comencé siendo fiel a la escuela tradicional de etnografía con un orientador que buscaba documentar sólo elementos de la realidad que tenían que ver con el pasado, despreciando todo lo que había de moderno. Fui advertido, por ejemplo, que las radios y otras innovaciones modernas deberían ser ignoradas en mis documentales.

A lo largo de los años descubrí que mi fascinación era por el proceso de transculturación ocurrida en zonas rurales de todo el mundo. Para mí, el interés principal es entender cómo las personas hacen frente a nuevas situaciones o pierden su identidad. Ese proceso de cambio me parece casi hipnótico. Por ejemplo, cómo las tradiciones rurales enfrentan el avance de la civilización occidental. De esta manera, llegué a la conclusión de que lo que más me interesa es la adaptación. Intento documentar un período histórico, pero sin descartar nada. Si la radio, el automóvil o la bicicleta están presentes, los incluyo en los filmes, porque la tecnología hace parte del medio y no se puede ignorar. Lo que me fascina es la capacidad humana de adaptación para finalmente controlar el ambiente que escogió para vivir.

No sólo me interesan las innovaciones tecnológicas, sino también el cómo las personas se adaptan a ellas. Don Cochengo Miranda, el protagonista de uno de mis filmes, que vive en el desierto de las Pampas, una noche estaba melancólico; me contó que su hijo debía ser educado en un colegio a 400 kilómetros de distancia para que así estuviese preparado para enfrentar los cambios. Y, a pesar de su tristeza por tenerlo tan lejos, quería que su hijo tuviese una vida mejor que la suya. Había una sensación de pérdida y la documenté, pues era parte de la realidad que ellos estaban viviendo.

¿Existe una simbiosis entre lo que usted filma y su vida personal?

Tiempo después de las presentaciones de Hermógenes Cayo (documental realizado en 1969) comenzaron a preguntarme si soy una persona religiosa, pues algunas veces el público piensa que las ideas y creencias documentadas en el filme son reflejos de mis propias creencias. Me considero un agnóstico porque cuando veo tanta injusticia en el mundo me pregunto si puede haber un ser supremo. La vida parece ser tan casual… Y ya que me es imposible tener una fe religiosa tan fuerte como la de Hermógenes, documento sus creencias y credos con gran respeto. Tengo un gran respeto por aquellos que tienen profundas creencias y me siento culpable por no poseerlas personalmente. Entonces, no existe una simbiosis entre mi vida y mi obra.

¿Cuáles son sus motivaciones básicas al hacer ese tipo de cine?

Yo no filmo con el propósito de hacer “cine etnográfico”. Más bien, fue que durante la producción de una serie de filmes los temas naturalmente tendieron a los seres humanos y sus actividades. Estaba intrigado con la vida tal cual es. Poco a poco esos documentales se fueron estructurando dramáticamente para que pudieran ser proyectados al público como testamentos de la multiplicidad de culturas en el mundo en que vivimos.

¿Cuál es su propósito al hacer este tipo de cine? ¿Existe alguna meta que usted desea alcanzar?

No tengo un “propósito” definido, excepto una voluntad de documentar la condición humana, el placer de entender otros seres humanos y, al hacerlo, encontrar mi propio espejo, mi “alter-ego”. Tal vez se pueda rotular mis filmes como Geografía Humana. Creo que es simplemente mi curiosidad en intentar entender quién soy a través de mis personajes o encontrar mis propias ideas. Tal vez la meta más importante del cine etnográfico es llegar a entender que el “Homo Sapiens” es básicamente igual en cualquier lugar de la tierra, que sus deseos y aspiraciones son comunes a todos. En esencia somos tan semejantes que las diferencias materiales se acaban tornando superficiales y poco importantes.

Me gustaría con este tipo de cine poder reducir las distancias y el racismo a través de un conocimiento más profundo de otros pueblos. Dar voz a quienes no la tienen. La dificultad está en que muchos documentales etnográficos del pasado enfocaron solamente lo exótico, lo extraño, reforzando así la diferencia entre “nosotros” y “ellos”. Tales enfoques han acrecentado la animosidad, el racismo y el etnocentrismo, justificando la opresión, el etnocidio y hasta el culturicidio. A mí me gustaría ayudar a reparar el daño de ese cine racista.

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Vea también:  http://www.signis.net/article.php3?id_article=3202

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