Estos artículos de García Márquez fueron extraídos de “Opera periodística 2. Entre cachacos”, de la editorial Sudamericana.
El temor de que el cine se convierta definitivamente en un arte tributario de la literatura ha sido agravado en el presente mes (febrero de 1954) por sucesivas y a veces simultáneas presentaciones de películas basadas en piezas literarias. Varios ejemplos: De aquí a la eternidad; México de mis amores; El rebozo de soledad, versiones cinematográficas de las novelas: La luna es azul, Lecho nupcial, Julio César, basadas en piezas teatrales. Esto sin mencionar el reestreno de Electra, de Eugene O’Neill, y las proyecciones privadas de La señorita Julia, basada en la conocida pieza teatral en un acto, de Strindberg, y Las tres perfectas casadas, que es una adaptación de la obra de Alejandro Casona, hecha sin mucho esfuerzo ni originalidad por Mauricio Magdaleno y José Revueltas.
La conclusión parece evidente: día a día se restringe la originalidad temática del cine y se fortalece amplia y lamentablemente su dependencia de otros géneros con los cuales el verdadero cine, el cine puro y auténtico, puede tener elementos propios.
La crisis de argumentos originales -que es realmente una crisis de argumentistas de cine- no debe considerarse sino como una crisis del cine. Una crisis ante la cual no pueden conformarse los verdaderos cineastas, aunque ella sea resuelta con algo tan respetable y tan parecido al cine como el teatro fotografiado o la novela relatada en imágenes parlantes.
El verdadero cineísta
Es difícil definir al verdadero cineísta. Existe el especializado, el que devora dos horas de proyección en persecución de un detalle, de un ángulo fotográfico o de un acierto de dirección, y presencia la proyección con el mismo sentido con que un erudito descifra un pergamino antiguo. Es bastante discutible que ése sea el verdadero cineísta. Y sin embargo, también la matiné es la función más adecuada para el especialista. Los teatros donde se exhiben películas antiguas están llenos de ellos a las tres de la tarde.
El verdadero cineísta asiste al teatro casi siempre solo. Se sienta invariablemente en los sectores laterales. No mastica ni chicle ni come ninguna clase de golosinas. No lee periódicos, ni revistas, sino que permanece en las nebulosas contemplando la pantalla con cierto aire de concentrada estupidez, hasta cuando comienza la proyección. Entonces se desabrocha el cinturón, se desajusta los cordones de los zapatos y el nudo de la corbata, y trata de apoyar las rodillas o de trepar los pies en el asiento delantero. Cinco minutos después de comenzada la proyección, puede estallar una bomba en el teatro, que el verdadero cineísta no caerá en la cuenta. La película puede ser excelente o puede ser un mamarracho, eso no importa. Si a un verdadero cineísta se le dice en la calle que una película es insoportablemente mala, asistirá entusiasmado a la próxima exhibición, para convencerse de que es mala en realidad.
Este artículo ha sido tomado del portal: sololiteratura.com
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