La comunicación desde una perspectiva cristiana

 Por Franz Gutiérrez

Jesús anunció la venida del Reino de Dios y nos encomendó la misión de proclamar la Buena Nueva a todas las naciones hasta la consumación de los siglos. Escuchar la Buena Nueva, vivir por ella y dar testimonio de ella: he ahí la vocación básica de todo cristiano.

Para poder cumplir esa tarea, los cristianos han recibido la promesa del poder del Espíritu Santo. Es ese Espíritu el que puede transformar la confusión de Babel en un Pentecostés de auténtico entendimiento. Pero el Espíritu "sopla de donde quiere" (Jn 3, 8), y nadie, ni iglesias ni personas, pueden pretender controlarlo.

La Buena Nueva se dirige a la persona en su totalidad y a todas las personas. Oran por la venida del Reino y por el pan nuestro de cada día, por el reinado de Dios en el mundo futuro y en el "aquí y ahora". Para los comunicadores cristianos, lo material y lo espiritual forman parte uno del otro.

La comunicación del propio Cristo fue un acto de entrega personal. Jesús "se despojó a sí mismo, tomando forma de esclavo" (Fil 2, 7). Sirvió a todos, pero asumió la causa de los materialmente pobres, de los enfermos de espíritu, de los parias de la sociedad, de los débiles y oprimidos. Del mismo modo, la comunicación cristiana debe ser un acto de amor que libera a todos los que participan en ella.

El Evangelio, que es el anuncio de la Buena Nueva a los pobres, necesita ser reinterpretado constantemente desde la perspectiva de los pobres y los oprimidos. Esta exigencia es un desafío a la jerarquías eclesiásticas para que se desvinculen de las estructuras de poder que mantienen a los pobres en una situación de subordinación.

Al aceptar la soberanía de Cristo, los comunicadores cristianos buscan anteponer la proclamación del Reino de Dios a la de nuestras iglesias divididas. Las iglesias no existen para sí mismas sino por el Reino. Por ello, el comunicador cristiano da preferencia a la comunicación ecuménica para que los cristianos de diversas denominaciones puedan hablar con una sola voz, dando así testimonio del cuerpo único de Cristo.

Los comunicadores cristianos, como testigos del Reino, deben suscitar y reflejar el testimonio común de la Iglesia. La vida de los cristianos, así como la labor de los comunicadores, tiene que liberarse del individualismo que caracteriza a ciertas culturas y tradiciones. Es preciso volver a descubrir lo que significaba la iglesia confesante y comunicante para la comunidad cristiana primitiva.

La Iglesia, como comunidad de creyentes, es el instrumento elegido por Dios para propagar el Reino, pues su misión es encarnar y testificar los valores fundamentales del Reino como ser la unidad, el perdón, la reconciliación, la igualdad, la justicia, la libertad, la armonía, la paz y el amor ("shalom").

Además, los comunicadores cristianos son conscientes de los misterios de Dios y los respetan. Los caminos de Dios no se los puede aprehender y menos aún explicar. Del mismo modo, la corona de la creación divina -el ser humano- jamás se podrá llegar a comprender plenamente. Por ello, los comunicadores cristianos no olvidan en ningún momento su incapacidad para hablar acerca de Dios y siempre tienen presente el "misterio" cuando relatan la historia del pueblo de Dios.

El fin último de la comunicación de los cristianos es glorificar a Dios. En ese sentido, toda comunicación cristiana es un acto de adoración, una alabanza a Dios por medio de la palabra y la acción compartidas de una comunidad que vive consciente de la presencia de Dios. La comunicación cristiana se encuentra ante la tarea de dar testimonio del poder transformador de Dios en todos los aspectos de la vida humana. Pablo dice de sí mismo y de todos los servidores de la Palabra que lo son "para alabanza de su gloria" (Efe 1, 12) y de ese modo "colaboramos para vuestro gozo" (2 Cor 1, 24). La Gloria de Dios y el gozo del pueblo deben ser el sello distintivo de toda comunicación cristiana. (Sistema Maná, Bolivia)