Una gran alegría: nos ha nacido un Salvador (cf. Lc 2, 10-11)

Mensaje de Navidad de monseñor Andrés Stanovnik*

Las alegrías más hondas que experimentamos los seres humanos están unidas a los nacimientos. Nuestra existencia se estremece profundamente cuando nace un niño, cuando surge el amor en el corazón de un joven, cuando acontece un reencuentro luego de una larga ausencia, cuando se recibe la noticia de un empleo después de mucho buscarlo, e incluso, cuando "muchos signos nos hacen pensar que está por nacer un país nuevo"... Profundamente conmovidos, no encontramos palabras para expresar la emoción y nos salen sólo lágrimas de alegría y de consuelo.

Ésa es la experiencia de la Iglesia cuando celebra el nacimiento de Jesús. La conmoción interior ante el misterio de la Navidad la lleva a postrarse en adoración y a cantar con júbilo su fe. Los creyentes nos sentimos inmensamente felices por conocer la noticia del nacimiento del Hijo de Dios, porque en él encontramos la respuesta al anhelo más hondo de nuestra vida: vivir para siempre y tener una vida digna y plena. ¿Acaso no es eso lo que deseamos para los que amamos? ¿No es eso precisamente lo que quisiéramos para todos los argentinos y argentinas; es más, para todos los hombres y mujeres que habitan este mundo?

¿Por qué duran tan poco esos sentimientos? ¿Cómo, si son tan hondos y tan estremecedores, no se convierten en actitudes y conductas de bondad, de respeto y de cuidado de los unos por los otros? Ya en el siglo IV, Crisóstomo, comentaba que oía decir a muchos: mientras estamos presentes al sermón y disfrutamos de la explicación de la palabra divina, nos sentimos mejores; pero una vez que salimos de la iglesia, nos cambiamos en otros y se apaga el fuego del fervor. Y se preguntaba: ¿Qué hacer para que esto no suceda? Hay que examinar -decía- la raíz de donde procede ese cambio. Su respuesta antigua y llena de sabiduría, dicha en un contexto muy diferente al nuestro es, sin embargo, de una actualísima aplicación. A la pregunta ¿Cuál es la causa de semejante cambio?, respondió así: "El que frecuentemos sitios que no conviene y nos mezclemos con hombres perversos". Y prosiguió diciendo que "lo conveniente sería que al salir del sermón no nos mezcláramos en negocios ajenos a lo que se ha predicado; sino que al punto nos dirigiéramos al hogar y tomáramos el libro de los Evangelios y llamáramos a la mujer y a los hijos y hacerlos participantes de la doctrina explicada, y hasta después atender a las necesidades de la vida."

Nosotros podemos preguntarnos: ¿Cuánto tiempo vamos a dedicar a pensar juntos, a contemplar y rezar, a compartir con nuestros familiares, especialmente con los niños y con los jóvenes, la simplicidad y ternura que irradia el misterio de la Navidad? ¡Cuánto bien nos haría permanecer juntos ante el pesebre, en silencio, con la mirada atenta y el corazón abierto! Tal vez unos diez minutos y luego leer el relato del nacimiento en Lc 2, 1-20, un texto impresionante por su sencillez, belleza y sobriedad. Y volver al silencio de la oración. Todo puede concluir con un rezo en común y después compartir la reflexión sobre el misterio de la Navidad, sabiendo que el pensamiento debe ser humilde cuando roza el misterio, sobre todo, cuando se trata de la vida de Dios, escondida en una gruta y cuidada por la fidelidad de María y la bondad José.

 

Envuelto en pañales y recostado en un pesebre (cf. Lc 2, 12)

Sólo la fe nos hace ver a Dios "envuelto en pañales y recostado en un pesebre". Sin la fe en él, no se ve más que la frágil condición humana expuesta a todos los peligros y algunas oportunidades. El más grave de los peligros es no reconocer la propia fragilidad, sobre todo no reconocer el vínculo profundo que nos une al Creador y dejar morir en nosotros la confianza en él, como leemos en el Catecismo. La fe no es una construcción humana, sino un don de Dios. Así es también la relación humana: para un verdadero encuentro, es necesario que entre las partes haya confianza. Y la confianza es un don que una persona otorga a otra. Si no lo hace, no hay encuentro y no se logra "ver" al otro, éste siempre permanece lejano.

La cercanía y revelación de Dios al hombre es de una profundidad tan asombrosa, impensable, absolutamente inédita, que sólo él podía hacerlo de ese modo "tan impresionantemente humano" y al mismo tiempo tan divino. Al asomarnos a este misterio, comprendemos cuál es la dignidad del ser humano y su trascendental destino. En cambio, desvinculados de este misterio, quedamos despojados de trascendencia y convertidos en seres desorientados, existencialmente insatisfechos y cada vez más agresivos. El primer obispo de Corrientes, Mons. Niella, graficó esto con una frase contundente: "Humanidad sin Divinidad tarde o temprano cae en la bestialidad, porque el hombre, que no cree en el cielo, cree en la tierra y se recuesta en el lodo."

La humildad, la sencillez y la ternura, que irradia el nacimiento del Hijo de Dios, son una cálida invitación a pensar que todo programa, que se precie de ser humano, tiene que recorrer ese camino. La ética y la moral cristianas nacen en el misterio que se nos revela en la gruta de Belén, resisten en la Cruz del Redentor y se alimentan en la Mesa de la Palabra y de la Eucaristía. En ese camino sólo hay lugar para el diálogo, la verdad, la justicia, la reconciliación y la paz. La vida y la familia, como todo el tejido social, se reconstruyen a partir de allí. Ese niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre es nuestra esperanza. Y porque fue confiado en nuestras manos, estamos seguros que la historia humana terminará bien y que la vida triunfará sobre la muerte.

 

Emmanuel, que significa: Dios con nosotros (cf. Mt 1, 23)

La profecía de Isaías, que retoma el evangelista Mateo, anuncia que "la Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien podrán el nombre de Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros". Esa profecía se cumplió con el nacimiento del Hijo de Dios y desde entonces no es posible pensar al hombre sin Dios, es más, no podemos ver la realidad y conocerla sino es por él, con él y en él. No estamos solos en el universo, Dios está con nosotros y esta verdad ilumina nuestra razón y estremece profundamente nuestra existencia. No podemos construirnos sin él, gracias a Dios.

Por eso, los cristianos nunca podremos ser profetas de desventuras, sino portadores de buenas noticias para la humanidad, se dijo en Aparecida. Y en la última carta del Episcopado decíamos que "muchos signos nos hacen pensar que está por nacer un país nuevo, aunque no acaba de tomar forma". Para ver los signos de vida y saber interpretarlos bien, hay que acercarse y animarse al diálogo, arriesgar la confianza, sostener la transparencia y disciplinarse en la coherencia de vida.

Celebrar la Navidad es empezar de nuevo, porque Dios sigue creyendo en nosotros y nos ama inmensamente. Él es definitivamente Dios-con-nosotros, envuelto en pañales y recostado en un pesebre, el Salvador. Ñande Navidad Porá Ité, feliz iniciativa que recupera el modo correntino de celebrarla, nos hace sentir a Dios más cerca y más nuestro. Démonos tiempo para él en esta Navidad, juntos y también solos. Y dispongámonos a recibir el mejor regalo que Dios tiene para darnos: a él mismo. ¡Les deseo una Navidad santa y muy feliz para todos!