El trasfondo judío del relato de la Pasión de Jesús

Vivir la Semana Santa
* Jos Demon

Como cristianos estamos acostumbrados de leer a la pasión de Jesús desde una mirada bien particular, una mirada que condena al pueblo judío por rechazar al verdadero Mesías o Redentor y por ser culpable de su muerte. El dedo acusador cristiano se dirige sobre todo a los dirigentes del pueblo judío, y más que a la marioneta de los ocupadores Romanos de la tierra santa, el tetrarca Herodes, de cuyo papel en la pasión de Jesús se habla tan solo en el evangelio de Lucas (23, 6-12), a sus dirigentes religiosos.

No es difícil entender que el aprecio de un pueblo desde siglos invadidos por los poderes extranjeros, por los griegos y después por los romanos, ya que le arrebataron sus líderes políticos - reyes como David y Salomón eran desde tiempo nos más que una leyenda -, se había inclinado hacia sus dirigentes religiosos. La religión identificada con una cultura, como fue el caso de la religión judía, sabe transformarse para asumir un importante papel en la resistencia política del pueblo donde se le prohíbe que este gobierne a sí mismo.

Si queremos comprender a la actuación de Jesús y el significado de su proclamación de la Buena Nueva, si queremos comprender el Evangelio, es importante que aclaremos estas peculiaridades del contexto político y cultural del pueblo judío a principios del primer siglo de la era cristiana. Es fácil levantar este dedo acusador hacia el pueblo judío por la muerte de Jesús. Es una antigua tradición cristiana que originó la exclusión de los judíos de la sociedad europea mediante las interdicciones de la edad media a que trabajan como campesinos o artesanos, y que provocó los famosos ‘pogroms', las persecuciones y exterminaciones de este pueblo a lo largo de los siglos, para culminar en la eliminación de seis millones de sus representantes por el régimen nazi durante la segunda guerra mundial.

Es sorprendente, y más que sorprendente, aterrador, que cristianos mantengan las mismas acusaciones simplistas con que no tan solo deforman a la historia y a la historia del pueblo judío, sino a la identidad de Jesús y al evangelio mismo. Un contemporáneo ejemplo de este simplismo lleno de peligros es la película ‘La Pasión de Cristo' del director Mel Gibson, que se estrena por el tercer año, y sin ninguna cautela, de preferencia en una multitud de canales de televisión en América Latina. Y no creo que aquello sea diferente en otros continentes.

Aunque no la comparto, mi crítica hacia esta película no se dirige tanto a la conservadora interpretación católica de Jesús y de María, madre de Jesús, como personas que sabían de antemano que iba acontecer y su supuesta entrega al sacrificio terminal a que debía dedicarse Jesús para transformarse en el Cristo Redentor. Se dirige solo a medianas hacia el extravagante flagelo de Jesús que hubiese matado a un elefante o a una ballena, y la profusa efusión de sangre de Jesús que parece exceder las posibilidades humanas. Mi crítica se dirige más bien hacia la pésima representación del papel de los dirigentes religiosos del pueblo judío y la identificación de este pueblo con los individuos que la película sugiere que hubiesen sido sus dirigentes.

Una película alrededor temas de tanta controversia, de controversia de veinte siglos, no puede darse el lujo, o mejor: la lujuria, de no informarse de la historia del pueblo judío, o de los profusos conocimientos actuales alrededor del contexto social y religioso de la actuación de Jesús. Tenemos que acordar un legítimo margen de interpretación alrededor la historia, en este caso la historia de Jesús y de las primeras iglesias que la relataron, pero tan solo la que nos permite los datos bien establecidos de su abundante historiografía.

Los sacerdotes del templo de Jerusalén que según nuestros evangelios acusaron a Jesús y le entregaron a los romanos para ser juzgado y crucificado no se deben confundir ni con los fariseos ni con los saduceos, ni con otras orientaciones religiosas como los esenios que se retiraron de la vida política y social en las cuevas y grutas de Qumrán, cerca el Mar Muerto, o la orientación opuesta de los zelotas, que integraron el celo religioso con la guerrilla armada para deshacerse de los odiados ocupadores romanos. La vida religiosa en tiempos de Jesús era un palimpsesto de las más diversas orientaciones religiosas y nadie podía reclamarse la representación del ‘pueblo' judío, que como cualquier pueblo desconfiaba tanto de estas orientaciones como a menudo les aferró.

En los tiempos de Jesús los sacerdotes del templo habían ido perdiendo su influencia sobre la población judía aunque podemos sopesar que el dominio de los sacerdotes de los siglos que le precedieron solo se impuso en la ciudad y los alrededores de Jerusalén. Desde antes de su construcción existían otros lugares de culto en el país que hoy designamos como Palestina o Israel, y no siempre dedicado al único Dios Yahwé, y desde su construcción se habían opuesto los profetas que supieron defender la tesis que el verdadero culto a Yahwé no exigía ni sacrificios ni templos sino que necesitaba responder a la exigencias de la justicia y de la misericordia.

Lo que carcomió aún más al poder del templo y sus sacerdotes fue la ‘diáspora' o la gran dispersión de los judíos por todo el mediterráneo y el medio oriente, proceso que comenzó desde la destrucción del primer templo por el rey babilónico Nabucodonosor II en 587 A.C. El fin del sacerdocio se desdibujó antes de la destrucción de la ciudad de Jerusalén y del segundo templo - el templo como lo conocía Jesús - después del gran levantamiento del pueblo judío contra los romanos en el año 70 de nuestra era. Cada vez más judíos se alejaban del reino de Juda y hacia los países que le rodearon y cada vez menos estaban dispuestos a seguir pagando aportes para una institución que ya no les sirvió.

El poder en ascenso en los tiempos de Jesús perteneció a la corriente que los evangelios identifican como la de escribas y fariseos, en quienes podemos discernir los rasgos de los futuros rabinos, los mismos que lograron mantener la identidad religiosa durante los próximos veinte siglos en los numerosos países de la dispersión de la población judía. Los escribas y fariseos se encargaron de las sinagogas locales que se transformaron en los verdaderos núcleos de la defensa, instrucción y profundización de la futura fe judía, comparables a nuestras parroquias católicas y a las congregaciones cristianas de la reforma.

Son los escribas y fariseos con quienes Jesús debatió con toda su pasión y a quienes dirigió su más pesada artillería crítica (en Mateo Cáp. 23, por ejemplo). Pero de aquella observación no debemos deducir que fueran ellos que estuvieron los más alejados al Jesús. Al contrario, fueron los representantes religiosos que estuvieron más cercanos a las convicciones del mismo Jesús. La escuela de interpretación liberal de la Escritura del famoso rabino Hillel (c. 70 a.C.-10 d.C.), por ejemplo, es, en varias elementos de su doctrina, muy parecida al contenido del Evangelio expuesto por Jesús, y podemos conjeturar que estos maestros y sus discípulos intentaron convencerse por ambos lados. Algo inédito, sin embargo, de la predicación de Jesús hay que destacar, y es que sus discípulos, que constaban de pobres e iletrados, distaban del perfil tradicional de los estudiosos como solía corresponder a los aprendices de los rabinos.

Podemos suponer que facciones de los escribas y fariseos se sintieron ofendidas por el mensaje de Jesús y sus extravagantes críticas, y que, por esta razón, colaboraron o aportaron a que el Sanedrín, el consejo de los sabios de la ciudad de Jerusalén, dirigido por el sumo sacerdote de templo, se deshizo del hombre de Nazaret. Los sacerdotes del templo y los sabios de la ciudad, por su parte, no deberían haber tenido mayores reseñas de este novedoso profeta de la periférica Galilea, que acaba de entrar en la ciudad sagrada rodeado por enfermos, pobres e iletrados, salvo que se atrevió criticar al templo y a las empresas lucrativas que se asociaban con su culto.

Lo que les debe haber preocupado era que la popularidad de este forastero entre el pueblo pobre y sus críticas a las autoridades religiosas judías, pudiera conducir a otro disturbio o levantamiento, algo que debilitara su influencia como intermediarios entre el pueblo y el gobierno romano. La jurisdicción del Sanedrín no se limitaba a asuntos religiosos sino que se extendió hacia el ámbito civil y la judicatura. Ya hubo muchos que se proclamaron como el nuevo ‘rey ungido', el sucesor de David, el Mesías, y ninguno de ellos había aportado en consolidar al precario balance de la convivencia de los judíos con los romanos. Aquella consideración selló la precipitada muerte de Jesús, decisión en un balance en que las opiniones de los discípulos, amigos, pobres y enfermos que le habían conocido, no pesaban nada.

Conocemos estas deliberaciones de la ‘política real' de los dirigentes de otros ámbitos de nuestra historia humana, y sería equivocado considerarlas como ‘la culpa' del pueblo judío. Es tan equivocado como suponer que había existido una convergencia de dirigentes de tan diferentes orientaciones religiosas del pueblo judío de aquellos tiempos para eliminar a Jesús. Hubo entre ellas personas que se le acercaban y otras que se ofendieron por sus predicas, una división de almas que podemos discernir en la descripción de los evangelios de la facción de escribas y fariseos, los futuros rabinos, cuya doctrina más se acercaba a la Buena Nueva de Jesús.

Debemos considerar que la enseñanza de Jesús se dirigió precisamente al corazón de la interpretación del Antiguo Testamento, y que él, por la misma dinámica de descubrir y proclamar el verdadero significado de la voluntad de su Padre, no pudo evitar en confrontarse abiertamente con la jerarquía de las autoridades religiosas del pueblo judío.

Como iglesia, y como comunicadores cristianos, tenemos una responsabilidad en considerar y evaluar cuales representaciones de Jesús, y su proclamación del evangelio, corresponden a nuestra fe. Cuadros o imágenes de arte plástica, obras literarias o musicales, programas radiales y películas nos ofrecen, de forma inevitable, una sucinta interpretación de quién había sido Jesús de Nazaret. Estas obras de arte interpretan su proclamación, su evangelio, y encaminan la propia fe cristiana, es decir, como queremos y debemos vivir. En este sentido las obras de arte presentan en la forma de una síntesis las interpretaciones que podemos extraer de los relatos de la Biblia.

Como principio general podemos afirmar que es de gran utilidad que se nos presenta una pluralidad de interpretaciones alrededor la historia de Jesús, porque la diversidad de interpretaciones sabe iluminar las múltiples dimensiones de la verdad que están contenidas en nuestra fe. Por otra parte debemos afirmar que existen interpretaciones que se alejan de la persona de Jesús y que contradicen el significado mismo de su proclamación de la Buena Nueva. Son estas interpretaciones que perjudican y destruyen la convivencia humana y tienden a transformarse en maldad. Estimo, por mi parte, que una película como la de Mel Gibson pertenece a esta última categoría.

 

Teólogo holandés, animador de la Red de Teología, Evangelización y Comunicación, de OCLACC