Recordatorio de la Pasión (Lunes de la Semana Santa)

Vivir la Semana Santa
Jos Demon*

Con Navidad, la Semana Santa ha sido tradicionalmente uno de los momentos más importantes de las celebraciones litúrgicas de las iglesias cristianas. La Pascua de Resurrección del Señor es la fiesta más importante de la cristiandad porque se celebra la victoria final de las fuerzas del bien sobre las del mal; de la bondad y de la gracia sobre la destrucción y el pecado.

Pero en muchas iglesias y culturas cristianas, entre ellas la española, la portuguesa y la latinoamericana, la historia de la voluntad malévola, de la traición, del maltrato, de la tortura y de la destrucción humana premeditada se vive aún con más intensidad que la propia Resurrección. La historia de la liquidación de la bondad, de la solidaridad, de la identificación con el pueblo pobre y excluido personificado en los pescadores, los enfermos y leprosos, las prostitutas y los publicanos, centrada en y simbolizada por Jesús, nos deja sin aliento y nos conmueve las entrañas.

Nada es más cercana al pueblo pobre, a las personas excluidas al margen de nuestra sociedad o a las que han sufrido los percances de acontecimientos como la pérdida de la salud o la pérdida de las personas amadas, que este recordatorio de la pasión de Jesús. La envidia, el abuso de la confianza, el maltrato, la traición por parte de las personas, en particular de las que pensamos que fuesen las más cercanas a nosotros, y la inevitable muerte, características de la pasión, son elementos que nos cautivan y nos confirman nuestras peores pesadillas.

La pasión de Jesús refleja nuestros caminos por los territorios hostiles y tenebrosos de la injusticia, de la corrupción, de los privilegios de siempre, del derecho de facto de los más fuertes y la eliminación del poderío del amor y de la solidaridad con los que tienen su corazón demasiado dulce, los mansos y misericordiosos de quienes nos hablan las bienaventuranzas (Mateo, 5-1-12).
El efecto de la pasión es devastador en los discípulos. Esta no es la historia como la habían experimentado en sus andanzas con Jesús; no es el desenlace como se lo había esperado de su gran maestro que siempre supo responder a las trampas que le pusieron los fariseos; el hombre maravilloso que logró curar a los enfermos y darles esperanza a los pobres. Los discípulos huyen, son dispersados, hasta el más cercano y el más convencido entre ellos no pudo evitar traicionarle a su maestro, necesita rehusarle para salvar su propio pellejo. Unas pocas, no más, sobre todo las mujeres, se atreven a seguirle en el camino, y se vuelven los ejemplares testigos de esta cruel pasión.

El efecto inmediato de la injusticia y del sufrimiento es la pérdida de la confianza, la pérdida de nuestra convicción que las cosas en este mundo pudiesen mejorarse, la pérdida del camino que pensábamos haber adivinado, un camino que se transforma, otra vez, en oscuridad. Son estos sentimientos y realidades desesperanzadores que los pueblos comparten en la liturgia de la Semana Santa. Sus caminos del sufrimiento se concretizan sobre todo en las masivas procesiones del Viernes Santo y en el Vía Crucis.

Algunos dirán que estas celebraciones, como las famosas procesiones del Viernes Santo en Andalucía en el sur de España o las de la ciudad de Quito, en que los participantes caminan descalzos, se flagelan y se maltratan con pesadas cruces, coronas de espinas y púas envueltas alrededor de sus cuerpos, son el reflejo de una mal concebida fe que expresa un aberrado desprecio del cuerpo y de la vida terrenal. Que reflejan la sombría convicción que se encuentra cristalizada en las imágenes españolas y latinoamericanas del Cristo lleno de contusiones y llagas, de rodillas devastadas y con la abundante sangre que les corre encima de lo que, una vez, calificaba como cuerpo.

Tienen razón estos críticos en estos determinados momentos en que la fe se vuelve un asunto personal lleno de masoquismo y sin mayores contactos con el sufrimiento de los otros, de la humanidad, de la gente real que sufre por una historia banal que solo suele apreciar a los exitosos. Pero se equivocan con relación a estas procesiones en que por medio de la identificación y del acompañamiento del Jesús sufriente se materializa la solidaridad con todos los humanos, desdichados, condenados, eliminados y desechados de nuestra historia. Es lo que según teólogos como Johan Baptist Metz y Jon Sobrino debería implicar una verdadera 'Memoria de la pasión'.

Unas de las más bellas expresiones de esta identificación con Jesús, 'el hombre conocedor de sufrimientos', a nivel del arte son las llamadas pasiones del Señor que fueron elaboradas en el norte de Europa desde el siglo XVI. Les aconsejo escuchar la música y leer las traducciones de la 'Pasión según San Juan' o de la 'Pasión según San Mateo' de Johann Sebastián Bach donde el relato de los evangelios de los últimos días de nuestro Redentor se alterna con arias en que el pueblo expresa sus dolores y sentimientos identificándose con Jesús. Así por ejemplo ocurre en el estremecedor 'Dios ten piedad' (Erbärme Dich) de la 'Pasión según Mateo' en que se le pide a Dios tener piedad con su hijo. Con aquella canción se invoca la piedad para la humanidad entera.

* Teólogo holandés, animador de la Red de Teología, Evangelización y Comunicación de OCLACC